Verdades como cocos

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El conjunto de cinco pequeños edificios de tres alturas está rodeado de zonas verdes. Por su ubicación en la costa del mar Caribe la selección de las plantas para los jardines era muy importante y se hizo con mucho cuidado.  Un gran acierto fue plantar la variedad de palma de coco llamada coco enano. No solo se mantienen bien sino que regalan cocos llenos de abundante y deliciosa agua, ideal para refrescar la garganta y para hacer cócteles tropicales.

Eso de que las palmeras fueran enanas y  regalaran sus cocos dejó de ser cierto en relativamente poco tiempo. Resulta que a pesar de su nombre, estos cocoteros “enanos” pueden llegar a alcanzar entre los doce y los quince metros de altura. Pasados los dos metros cosechar los cocos ya no era un regalo.

Quedarse sin esos cocos era inconcebible.

Sí, ya, se puede ir al pueblo y comprar cocos pero eso no tiene la emoción de recorrer los jardines en busca de los preciados frutos como lo hubieran hecho los hombres de la prehistoria.

 —Viejo, algo tenemos que hacer. —Pablo siempre se dirigía a su suegro con el sobrenombre de “Viejo”—. ¿Nos traemos una escalera y subimos para alcanzar los cocos?

—Sube tú si te parece, yo no estoy para que se me rompa un hueso a estas alturas de mi vida.

—De acuerdo, pero ¿vamos a dejar todos esos cocos allí colgando? —insistía Pablo con auténtica preocupación.

Las palmeras estaban llenas de frutos. Con alturas de alrededor de tres metros se hacía ya imposible una recolección simple y masiva por parte de los vecinos.

—Déjame que lo piense, para el próximo fin de semana algo se me habrá ocurrido —dijo el viejo.

Y algo se le ocurrió. Una barra telescópica, una pequeña hoz y un par de abrazaderas se unirán para formar la herramienta ad hoc que obrará el milagro. Ahora podían alcanzar la base del racimo y con un hábil y rápido movimiento cortarla y hacer caer los cocos sin haber levantado los pies del suelo.

Estaban ya ambos junto a la palmera y en el primer ensayo lograron bajar un par de frutos. La herramienta y la técnica eran un éxito. Diez minutos más tarde ya tenían unos doce cocos. Lo más difícil era ubicar en el sitio correcto la hoz. Si acertabas en eso, el resto era pan comido.

—Oiga vecino —dijo dirigiéndose a Pablo una señora que paseaba un perrito—. Esos cocos son de toda la comunidad.

—Cierto señora, así es. Mis cocos son los que están aquí abajo. Los suyos siguen allá arriba. —La vecina siguió su camino sin decir nada más.

Pocas veces se ha dado un caso tan dramático de enseñanza de economía. Sin saberlo, Pablo acababa de mostrar a su vecina que no existen dos productos iguales. Una cosa es un coco en el suelo y otra muy diferente uno a tres metros de altura. Una cosa es un coco refrigerado y otra uno que no lo está. Podemos hacer que cualquier producto, por común que sea, mejore a sus competidores.  

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